Myanmar sufrió, el pasado 28 de marzo, el terremoto más catastrófico en algo más de un siglo. Su epicentro estuvo en la región de Sagiang, muy cerca de Mandalay (la segunda ciudad más poblada del país asiático), y, tras alcanzar los 7,7 grados en la escala de Richter, dejó un saldo devastador. En este momento se habla de 2.600 muertos y 3.400 heridos, aunque podría haber muchísimos más, habiendo miles de desaparecidos. Un trágico recuento que incluye a la vecina Tailandia, donde el seísmo también tuvo un efecto terrible.
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En declaraciones a Asia News, Valentina Pozzi, superiora general de las Hermanas de la Reparación, congregación que cuenta con 60 comunidades repartidas por todo el país y con 450 religiosas naturales del propio Myanmar, reconoce que “las casas están muy dañadas. Hay mucho miedo. Nuestras hermanas duermen a la intemperie, con la población, por temor a nuevos temblores, que han continuado en los últimos días”.
Sin noticias de dos comunidades
Y es que, aunque “la mayoría de nuestras hermanas están bien”, el miedo a conocer el impacto total del terremoto es palpable, pues “aún no hemos podido contactar con las comunidades de Mandalay y Leiktho porque las líneas están caídas”. Aunque “algunas hermanas han ido para localizarlas”, no será fácil que cumplan su objetivo en las próximas horas ante “los enormes baches que hay en las carreteras”.
Por si fuera poco el caos que ha supuesto el seísmo, hay que tener en cuenta que Myanmar lleva cuatro años padeciendo una guerra civil. De hecho, la propia junta militar que controla el Gobierno del país (en 2021, la presidenta Aung San Suu Kyi fue derrocada por un golpe de Estado encabezado por el general Min Aung Hlaing) ha reconocido que, pese a la situación de crisis total, no ha dudado en seguir bombardeando a una población civil que, por miedo a estar en casa, está en buena parte en la calle.
Hasta el punto de que el Ejecutivo ha rechazado la propuesta de tregua que la oposición en el exilio le había hecho llegar tras el terremoto. De hecho, estos días, la autoridad estatal ha decretado en el municipio de Danu una operación contra un grupo del Ejército Popular de Liberación, muriendo siete de los guerrilleros. Algo que Pozzi resume con una imagen muy gráfica: “Es como dispararle a un hombre herido”.
Iglesias de puertas abiertas
Eso sí, pese a las dificultades, la Iglesia local trata de abrir sus puertas para acoger en sus comunidades a quienes no tienen dónde ir y están expuestos a los bombardeos. Un caso significativo se está viviendo, como conoce la religiosa, “en un monasterio donde ahora hay más de 300 estudiantes”.
Frente a la situación ha levantado la voz el cardenal Charles Bo, arzobispo de Yangon y presidente de la Conferencia Episcopal de Myanmar. En conversación con Vatican News, muestra su abatimiento tras “el gran terremoto del siglo”, que ha tirado abajo “3.000 edificios” y afectado gravemente “decenas de carreteras y puentes”. De ahí el temor a que, cuando se retiren los escombros, aparezcan bajo ellos a muchas más víctimas.
Ante tanto dolor, el purpurado reclama “a todas las partes implicadas” que se comprometan “para que se preste ayuda humanitaria urgente, se permita el acceso sin trabas a las poblaciones afectadas y se produzca un alto el fuego por parte de todos los grupos en hostilidades”. Lo que también pasa por que “los grupos armados” abandonen “los disturbios”, siendo esta una exigencia a “ambos bandos”.
Huida a la desesperada
Personalmente, Bo jamás olvidará lo vivido en las horas siguientes al terremoto, donde presenció “dramáticas escenas de hombres y mujeres corriendo por las calles”, buscando dónde cobijarse.
Ahora, de cara a las fases de emergencia y a la siguiente de reconstrucción, el cardenal insiste en que el modo más eficaz para que llegue la ayuda internacional es a través de “los grupos religiosos y la Iglesia católica”. Esta última ha implementado “un plan de respuesta a la emergencia” en el que va de la mano de “las Cáritas de todas las zonas afectadas”.
En este sentido, en un momento en el que las comunicaciones no funcionan y apenas hay conexión a la electricidad, “las personas lo necesitan todo: comida, cobijo, medicamentos y todo el material necesario para salvar vidas”.
El papa Francisco también ha querido apoyar al pueblo de Myanmar y, en su noche más oscura, ha orado por él y le ha ofrecido “el bálsamo del consuelo”.