Hace poco asistí a una charla en una parroquia que animan los Misioneros del Sagrado Corazón (MSC) sobre cómo afrontar los duelos. El P. Jaime Rosique compartió las ideas que había ido aprendiendo en el casi medio millar de exequias que ha celebrado. Contó una historia que nos ayuda afrontar con esperanza y compromiso este oscuro momento de la historia.
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Estaba oficiando un funeral de cuerpo presente en una aldea gallega de Pontevedra. El cirio pascual –el mismo que ilumina nuestro bautismo– se alzaba al lado del finado, y el féretro estaba rodeado por velorios que con sus llamas pedían elevar aquella alma a las bondadosas manos de Dios. De repente, se cortó la corriente eléctrica y todo el templo se quedó en la más absoluta oscuridad, solo iluminado por aquel contorno de velas de cera y el cirio pascual. Rosique siguió celebrando.
Los rostros de cada uno de los asistentes cobraron un nuevo gesto a la luz de las llamas temblonas. El cuerpo del finado también recibía esa luz viva de las llamas. Poco a poco, las pupilas se acostumbraron y todos distinguieron los rostros de los demás, el preciso perfil de las cosas. La mesa eucarística cobró el color que habría tenido en la Última Cena y fue fácil sentirse en comunión con todas las generaciones que han vivido el fuego en la noche.
Civilización cortocircuitada
Nuestra arrogante civilización también ha colapsado su ilustrada luz. La civilización de los Derechos Humanos está siendo cortocircuitada. Sufrimos un eclipse solar que puede ser temporal o traer una nueva era. Nuestros cuerpos alrededor de los pobres son débiles, frágiles, apenas pequeñas llamitas, pero imaginemos millones de pequeñas velas en pie junto a la luz pascual. Con el Dios de la Historia y nuestro corazón en llamas, se rompe toda tiniebla.