El mundo se está haciendo irrespirable. La codicia, el crudo ejercicio del poder violento, la más obscena plutocracia, la manipulación mediática, el militarismo, el desprecio al derecho han extendido una gran nube tóxica. No solo le cuesta respirar a nuestro amado papa Francisco, sino a todo el planeta.
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Con las formas más bastas y bastardas, la internacional supremacista de ultraderechismos y autocracias quiere inocularnos las bacterias del egoísmo y la violencia; llena nuestros pulmones con el gas mostaza de la mentalidad de guerra.
Quieren extender la neumonía de la sospecha: que temamos a los desconocidos, los extranjeros, los ciudadanos de los demás países, los que piensan distinto, rezan diferente credo, votan a otra opción… Buscan que nos absorban sus pantallas, sus redes, sus guerras culturales y los patrioterismos del odio, y el aire se hace cada vez más cerrado, más infecto, más insano.
Leemos cada mañana nuevos hachazos de la barbarie, cada cual más desvergonzado que el anterior, y resulta fácil sentirse ahogado, como si nos faltara el aire. Y sobreviene la tentación de dejar de leer la prensa, de oír la radio, de ver la televisión. El mundo ha enfermado y el cuadro clínico es muy complicado.
A pleno pulmón
Pero, por mucho que quieran enfermarnos, Dios insufla su espíritu en los pulmones espirituales que cada uno tiene en su interior. Todo el universo respira el viento del Espíritu, que todo lo sana y revitaliza. Son los verdaderos pulmones del mundo. Respiremos a pleno pulmón.
Me imagino al papa Francisco en el hospital con sus pulmones dándolo todo. Y con total seguridad no dejará de sonreír sabiamente, sintiendo cada vez más el aliento interior del Espíritu e impulsándonos a seguir celebrando con mayor razón, incluso, la peregrinación de la Esperanza. Hasta que el mundo recobre la razón y vuelva a respirar tranquilo.