La sinodalidad, como estilo de ser Iglesia, emanada del Evangelio, está llamada a aterrizarse en cada uno de los rincones de cada comunidad cristiana. Tanto en las decisiones de gobierno sobre las obras apostólicas como en materia financiera. Y, por supuesto, en la comunicación. Si la sociedad ha dado carpetazo desde hace tiempo a un proceso unidireccional y vertical en materia informativa, los cristianos no pueden quedarse atrás.
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Esa es la razón de ser del congreso ‘No sin mi Dircom’, que en su tercera edición se ha erigido en un foro de reflexión sobre lo que sucede de puertas para dentro en los institutos de vida consagrada. No se puede anunciar desde la verdad lo que somos y hacemos, si hay lagunas en las comunidades. La comunicación interna es mucho más que una estrategia corporativa. Es un pilar fundamental que deja entrever la salud de cada congregación. No hay comunicación si no hay comunión.
Si en cada casa, en cada demarcación, no se cuidan detalles como el hecho de anunciar en tiempo y forma, a la persona y al grupo, un traslado, un cierre o compartir una nueva iniciativa pastoral. Y menos aún si prima el silencio o la ocultación. De ahí la relevancia de dignificar la comunicación, con un plan integrado en los consejos de gobierno y apostando por profesionales que no sean vistos como meros técnicos, sino como hermanos en misión compartida. Un compromiso comunicativo corresponsable aviva un carisma y permite anunciar con coherencia y transparencia el Evangelio hoy.