El olvidado, y por lo tanto desconocido, Juan Pablo I sorprendió a todo el mundo en el ángelus del 10 de septiembre de 1978, cuando dijo que “Dios es Padre, aún más, es madre”. La frase causó muchísimo revuelo y, más debería haber organizado si, de verdad, alguien hubiese pensado en su profundo contenido.
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Dios, Padre y Madre, es imagen de toda la humanidad en una relación familiar de fácil comprensión para nosotros, pero, si se conoce un poco de la teología de este papa de breve recorrido, esa frase es una prevención, incluso un aviso muy serio a toda forma de “paternidad espiritual” de los sacerdotes sobre los laicos. ¿Intuía Juan Pablo I el grave problema que ya teníamos de clericalismo y sus consecuencias?
Germen de abusos
Hace unas semanas celebrábamos el Día del Seminario. Por extraño que parezca, todavía hay seminarios donde a los seminaristas se les forma en lo importante que es la “paternidad espiritual”. Nadie es Padre más que Dios y, con lo que sabemos ahora, ya hemos visto que en la “paternidad espiritual” está el germen de muchos abusos que tanto sufrimiento causan y tanta credibilidad quitan a la Iglesia.
A los jóvenes que llegan a los seminarios no hay que formarlos en la idea de ser diferentes o elegidos y, mucho menos, en que van a ser ‘padres espirituales’. Meter algunas ideas en la cabeza es jugar con fuego de cara al futuro.
Seminaristas exculpados
Los seminaristas no tienen la culpa. Ya tienen bastante con pasar muchos años apartados del mundo en el que les tocará vivir y de más de la mitad de la humanidad. La responsabilidad está en los formadores y en los rectores con los que se encuentran, que están nombrados por los obispos. En muchas ocasiones, la formación refleja los deseos y miedos de quienes forman, lo que ya es preocupante.
Despertar la pasión en los jóvenes seminaristas para la misión ad gentes debería ser el punto central de la formación. A eso, por favor, que no se añada la ‘paternidad espiritual’, porque no hace falta enseñar clericalismo.